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Dic 15 2015

La Niña Perdiz

Ir a votar huele mal

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Hace un año, algunos –éramos muchos– mirábamos al 2015 que se nos venía encima con una ilusión desmedida. Creíamos oler el cambio, lo deseábamos tanto que todo emanaba un fuerte aroma a nuevos tiempos y nuevas ilusiones. Aspirábamos ese perfume que parecía haber germinado del hartazgo político, mientras nos revolcábamos hastiados en la mierda a la que estamos tan acostumbrados y que produce ese terrible hedor en el que, sí, nos hemos regodeado con la promesa de un perfume diferente. Cada caso de corrupción que salía a la luz, cada declaración indignante, cada medida irresponsable… nos hacían percibirlo de manera más y más intensa.

Quizás pecamos de ingenuos por abandonar ese pesimismo y ese conformismo tan nuestro. Por una vez, parecía legítimo que pudiéramos desprendernos de ellos y soñar que otra realidad fuera posible. Pero es que es verdad, yo podía olerlo. Era tan imposible que la mierda revuelta una y otra vez no nos hiciera creer firmemente que otra forma de gestionar el país fuera posible. Ada, Manuela, Kichi, Pedro… nos llenaron de ilusión y parecía que todos gritábamos “¡Chupaos esa!”. Caminábamos erguidos y sonrientes, aunque en la mayoría de las ciudades mantuvieran sus feudos aquellos a los que han liderado la ruina de este país. Nos daba igual porque nuestras pituitarias habían detectado un olor a cambio. Una promesa que parecía que acabaría de una vez por todas con el alcanfor que siempre ha impregnado la política española. Nuestras esperanzas nacieron de la mierda con una fecha clara en nuestros corazones (bueno, entonces era noviembre de 2015, ahora diríamos que es 20 de diciembre).

¡Qué ingenuos fuimos!, pensando que esta campaña electoral iba a ser distinta, para bien. ¡Qué ingenuos!, sí. El dicho “Vale más malo conocido…” de todas las campañas electorales de la democracia española siempre fue un “¡Viva el conformismo!”, pero al menos nos aseguraba el sosiego de no ver bochornosos espectáculos a lo hormigonero, ni a María Teresa Campos ascendida a tertuliana política, defendiendo a capa y espada a su santoral y patrón, por poner hirientes ejemplos para la pituitaria. He sufrido durante esta campaña electoral. Sí, mucho más que en las anteriores en las que no esperaba nada. No solo por darme cuenta de que ese perfume que, efectivamente, fue real hace un año se haya convertido en otro olor mierdoazufroso que impregnará nuestras vidas durante los próximos cuatro años y siguientes; no solo por abandonar la ilusión de las plazas por la grima (léase también “lágrima”) televisiva; o por tener que contemplar vomitivos espectáculos a los que antes los bipartidistas no se prestaban y de los que ahora todos quieren formar parte; no solo por eso, no. Creíamos que el cambio era posible y, una vez más, nos vemos obligados a votar con la nariz tapada, sabiendo que, otra vez y aun con esas, volveremos a perder.

Observando las estadísticas y también la calle, se confirma el hecho de que la ley talibán del “Vale más malo conocido…” sigue vigente. De igual manera, se puede constatar que el férreo lavado de cerebro realizado sistemáticamente durante una dictadura que ha originado que millones de obreros desculturalizados y amputados de la capacidad crítica a propósito, léase nuestros padres y abuelos que van a ir a votar este domingo de azul, sigan fieles hasta la médula a aquellos que los engañan, roban y, lo que es peor, destrozan tanto su futuro como el de sus hijos y nietos. Da igual que Mariano Rajoy haga el ridículo con su ignorancia, incompetencia e indecencia allá donde vaya. No importa que otro que dios guarde, Pedro Sánchez, el único elegido para enfrentársele –otra clara muestra del talante de los azules- le saque los colores en la televisión. No importan todos estos años de una gestión inmoral, fascista y corrupta. Ganarán y convencerán. El PP mantendrá para siempre los votos de ese sector de la población que, con todo, seguirá creyendo que el los populares son la única opción y descartará con mucho desprecio, todo sea dicho, al resto de alternativas.

El PSOE continuará debatiéndose entre la humillación de haber perdido su estatus y los desmanes cometidos durante el felipismo y los siguientes regímenes, conservando solo a aquellos fieles, en menor medida que los fans del PP, que todavía piensan que el socialismo es como ser de derechas pero sin serlo tanto. Lo hará perdiendo posiciones en favor de una nueva secta, ¡uy, lo que he dicho!, fabricada con argumentos expresamente elaborados para satisfacer a esos votantes desengañados de unos y otros. De momento, las orejas al lobo Rivera solo las ve un sector de la población, el que tradicionalmente ha quedado fuera de representación en el Congreso y en el Senado o lo hacía de manera muy minotaria, diluido por el bipartidismo. Llegó el huracán Ciudadanos, un producto revolucionario que viene a vender lo mismo, o incluso más de lo mismo pero en mayor intensidad y cantidad, mejor presentado y con una estrategia de marketing que intenta agradar al sentir general de la calle, muy de derechas de toda la vida. La solución a la crisis y a la corrupción la traen los de naranja. Agarránse, señores. Evidentemente, darán a sus votantes lo que se merecen y a los demás, lo que nos tememos. Tiemblo solo de pensar en las amargas navidades que nos esperan cuando los resultados electorales consigan que, una vez más, pese a que el lobo Rivera ahora lo niegue, el PP gobierne dirigido por los votos de Ciudadanos.

Ni un Pablo, acastizado y encumbrado a la ruina de los altares de la izquierda, ni el pobre Garzón, con la maldición D’Hondt y el ninguneo mediático a sus espaldas –como le pasó a Anguita–, conseguirán perfumar nuestro voto. Como siempre, ir a votar huele mal.

 

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