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Nov 20 2015

La Niña Perdiz

Españoles, Franco es inmortal

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Tal día como hoy, el caudillo de España tuvo a bien morirse de su última enfermedad en su cama. Nada de lo que pueda decir sobre la muerte de Franco os sorprenderá. Parece que todo está dicho. Todos sabemos, en especial si estás leyendo esta página y no La Razón, que las heridas de una dictadura que duró casi cuarenta años, hoy, cuarenta años después siguen sin cerrarse. Todos sabemos de las fosas, del dolor, de las calles, estatuas y bustos; de las grandes fortunas que se forjaron entonces y continúan con su status quo; de la represión, de la violencia y de las torturas; de las muertes; del oscurantismo religioso, de la censura, del pecado; de los delirios ridículos de un régimen que ahora podrían causarnos risa de no ser porque se trataban del terror en estado puro. ¿Lo sabemos?

 

Todos sabemos que la sombra del franquismo es alargada. Su legado está patente en nuestra cultura, nuestra política, nuestra economía y nuestra sociedad. ¿Lo sabemos? Sí, lo sabemos, pero parece que hemos aprendido a vivir con ello. Hasta nos reímos diciendo que son tiempos pasados que hay que olvidar. Hasta devoramos productos culturales como series y películas que se mofan de la memoria de unos tiempos pasados, no tan lejanos, tratados como si habláramos de Isabel la Católica, por cierto, gran heroína de nuestro caudillo. Nuestros caudillos son nuestros. Somos así de campechanos.

 

Todos sabemos que la memoria se enterró y se ha venido enterrando con unas cuantas palas de tierra por encima; eso sí, por nuestro bien. Se ha convertido en una pelota política y televisiva que lanzarse, sin que haya calado como una prioridad que debería haber sido atajada, con el respeto que se merece, hace ya mucho tiempo.

 

Nací en plena Transición. Me eduqué en un momento en el que la tierra con la que se labró el posfranquismo estaba muy fresca. En la actualidad, lo que más me entristece no es el eterno debate de honrar o no a los muertos de las cunetas, los símbolos franquistas aún existentes en nuestras calles o cualquier otro resquicio físico de ese período. Y, que conste, que me entristece mucho. Que cuarenta años después de la muerte del gran asesino y casi ochenta años después de la guerra que legitimó lo peor del ser humano en nuestro país, no se haya respetado, ni siquiera se haya procurado un alivio a aquellos que, todavía vivos, padecieron y padecen el terror y la infamia me parece, como a todo el que tenga algo de corazón, deleznable. No obstante, lo que más pena me provoca es que, evidentemente, nuestra democracia, llamémosla X, está basada en el olvido mediante un lavado de cerebro generacional.

 

Si yo, como os decía, viví una infancia en el terreno fangoso de una Transición que se forjaba a marchas forzadas con el miedo presente en cada paso político y social, a lo largo de mi vida he tenido poco acceso a conocer de verdad los hechos reales -tan solo el acceso que te puede procurar tu propio interés-, ¿qué les llegará sobre Franco a los que vienen después? Durante los años que cursé la educación obligatoria, nunca, pero nunca, hubo tiempo para estudiar a fondo la historia de este país en el siglo XX. No había tiempo material, al parecer. Os resumo lo que aprendí fue: “Franco dio un golpe de estado al gobierno de la Segunda República. Hubo una guerra cruenta entre hermanos. Murió gente de los dos bandos –hermanos, de nuevo-. Llegó la dictadura. Franco inauguró pantanos. Murió en la cama. Vino el Rey y nos trajo la democracia. ¡Viva el Rey, (que es muy majo y bueno)!”.

 

Me lamento tanto de no haber sido consciente hasta bien entrada la madurez de que esto no fue así. También de haber creído a pies juntillas el discurso de esta “división entre hermanos”. ¿Hermanos?, ¡los cojones, hermanos! Me apena enormemente que hoy cuarenta años después de la muerte del criminal más grande de este país, nos hayamos creído que nacimos en una Transición pacífica. ¿Pacífica?, ¡los cojones, pacífica! Me duele que mi generación haya asimilado que los criminales mueren en la cama, los corruptos tienen cuentas en Suiza y los muertos son muertos que no hay que desenterrar. Hemos aprendido a convivir con los asesinos y, lo que es peor, a que nuestros mayores que tuvieron que mamar esa ideología franquista del miedo nos hayan transmitido, pobres de ellos, ese miedo. Españoles, Franco es inmortal.

 

Y, por último, lo que me aterra es que las siguientes generaciones creerán que todo esto son historias de viejos o, a lo sumo, una ficción que pueden ver en la tele. Y cuando en una sociedad no hay memoria histórica, entendida como el conocimiento real de los acontecimientos históricos y sus consecuencias en nuestro presente y el respeto hacia las personas que los vivieron, ¿qué impide que estos se repitan?

 

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